Después
de haber hecho la comunión dejé de ir a la iglesia. Decidí hacer una
vida cristiana individual, estableciendo reglas con las que satisfacía
mis propios intereses; llenos de pasividad, dejadez y sobre todo
individualidad. Estaba ciego y no sabía que había personas con las que
podía compartir ese amor hacia Dios.
Por
suerte, estoy rodeado de gente que me quiere y que me ofrecieron la
posibilidad de estar en confirmación. Había algo en mi corazón que me
animaba a aceptar la propuesta; y así lo hice. Desde aquello, todo ha
cambiado en la vida que llevaba como cristiano.
Este
hecho fue la llave con la que pude abrir, tras fracasados intentos, la
puerta del corazón de un alma cristiana, que finalmente, ha sabido
desplegar todo su amor hacia Cristo. Comenzó entonces el principio de
mi camino hacia la verdad de la vida, la cual se concentra en una misma
y única persona; nuestro Padre.
Empecé
yendo a catequesis de confirmación; luego, rezando vísperas descubrí
lo hermoso que es orar junto a las personas que, al igual que tú, aman
a Cristo. Empecé a ir a misa más de una vez por semana y a participar
en otras labores de mi parroquia.
Nació
una verdadera vida cristiana en mí. Notaba que muy de vez en cuando,
tenía necesidad de ir a la Iglesia; alguien me llamaba. Al comulgar en
la Eucaristía, sentía que un aliento limpio, puro y fresco, hinchaba
mis pulmones de vida y provocaba que toda la sangre que regaba mi
cuerpo, se concentrase en mi corazón, para poder así, purificar mi
alma. El Cuerpo de Cristo actúa en nosotros como una depuradora que
santifica nuestra sangre, sangre que se esparce por nuestros cuerpos
como ríos de gloria que llevan al mar, donde se mezclan con la
eternidad de la vida.
Antes,
caminaba por la vida preocupado; siempre que volvía la cabeza veía a
un hombre que me tendía la mano; yo, pensando que quería hacerme daño
corría despavorido. Me sentía triste, desprotegido, desconsolado;
solitario.
Ahora
camino alegre porque he descubierto, que aquel hombre que estaba siempre
tras de mí, no quería hacer nada más que abrazarme. Cuando me volví
estaba detrás mía . No hizo falta que me tendiese su brazo, porque
antes de que lo hiciera, yo ya me había tirado a abrazarle a Él.
Desde
entonces, me he sentido una persona privilegiada porque puedo contar con
un amigo
y
un Padre que, pese a haber estado ciego durante algún tiempo, me han
estado buscando sin descanso, para obtener como recompensa, un alma
cristiana pecadora. Ésa es la grandeza del Señor.
Todo
es cuestión de tener fe. Y la fe con la que todos comenzamos ha ido
aumentando conforme hemos ido aprendiendo las cosas que vivió Jesús y
lo que hizo por nosotros. Aumentamos nuestra fe en Él, cuando nos damos
cuenta del amor infinito que nos tiene.
Aumenta
también tu fe en las peregrinaciones. Es ahí donde compartes tu amor a
Cristo, con personas que te tratan como si fueras de su misma sangre.
Todos abrimos nuestro corazón a nuestro Señor, esperando con ansia un
rayo de luz que siempre llega y nos ilumina el corazón llenándolo de
su gracia.
Piensas
que cuando ya llevas un número determinado de peregrinaciones, llega un
momento en el que ya no sacas nada nuevo. Pero por suerte, de todo se
saca algo .De hecho, esta historia mía que os cuento, ha sido escrita
fruto de mi peregrinación a Javier. No tenía muchas esperanzas puestas
en este viaje, y me ha servido para darme cuenta, que no hay vida sino
es con Él y para reivindicar que actúa como lazo de unión entre todos
los cristianos. Por eso he echado la vista atrás y me he fijado en el
cambio que he experimentado hasta ahora.
Sé
que hay muchísimos jóvenes que se han podido sentir identificados con
mi testimonio y que coincidirán conmigo en que el amor de Dios es
infinito. Al igual habrá personas que sean como mi antiguo yo; no
os resistáis a la felicidad que el Señor os tiene guardada. Abridle
vuestro corazón y encontraréis el camino de la vida; encontraréis el
sendero de la verdad.
Juan
José Domínguez González (Pinto).